Antecedentes Hispanos de la Revolución de Mayo

2 de Mayo de 1808 en Madrid

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA ESPAÑOLA Y LA GESTA DEL 2 DE MAYO DE 1808 EN MADRID

PROLEGOMENO DE NUESTRA INDEPENDENCIA

 

Para entender lo que se denominó la guerra de la independencia española y la gesta del 2 de mayo en Madrid, debemos analizar la España de esa época. España, triste es recordarlo, vivía a la sazón el aquelarre de una monarquía corrupta, bajo el dominio absoluto de Carlos IV, un rey inepto y complaciente, y su esposa la reina María Luisa que, bajo la égida del gran aventurero Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, después del Tratado de Basilea en 1795, minaba los cimientos mismos de la nacionalidad, en busca de fantasiosas y quiméricas apetencias de reinos y de imperios imposibles, ya fuera España, Algarves o cualquier otro reino cuya corona se encasquetara en su cabeza.

En virtud, de los tratados de Fontainebleau, las tropas napoleónicas al mando del mariscal Junot, franquearon los Pirineos en octubre de 1807. El 19 de noviembre siguiente, invadieron Portugal, junto con las fuerzas españolas a órdenes del general Juan Carrafa, motivo por el cual,“ipso facto”, la casa Real Lusitana emprendió su exilio, a sus posesiones del Brasil, ocho días más tarde. Setenta y dos horas después el mariscal Junot entraba triunfante en Lisboa.

Todos estos sucesos los vivió intensamente nuestro futuro Libertador, don José de San Martín, entonces capitán segundo del Batallón de Voluntarios de Campo Mayor. La mitad de esa unidad penetró en Portugal a órdenes de su comandante D. Cayetano Iriarte; integrando el ejército de operaciones destinados a aquel reino, que se puso a órdenes del general Solano, marqués del Socorro. La otra mitad sin duda alguna, debió permanecer en su guarnición de la ciudad de Cádiz. No existen constancias, en los Anales, de ese Batallón, que él hubiera intervenido en esa pseudo guerra, que se dio en llamar “de las Naranjas”.

Lo que sí sabemos es que todo ese cúmulo de sucesos fue fundamentalmente decisivo y formativo para el espíritu del joven oficial. La alianza ignominiosa de Francia con España que virtual y prácticamente era una capitulación anticipada frente al enemigo; la acción desembozada del ministro Godoy, que, como ya hemos señalado, aspiraba a suceder a Carlos IV en el Trono; las intrigas inicuas del Palacio Real, que culminarían con la acusación del rey contra su hijo Fernando, tendrían como epílogo el llamado motín de Aranjuez. El viejo y débil monarca abdica en favor de su hijo, que el pueblo aclamaba como “el deseado”, con el nombre de Fernando VII.

Estamos en los últimos meses de 1807. Napoleón, desde luego, dista mucho de tener el ánimo predispuesto para cumplir con los pactos de Fontainebleau. Se ha desplegado una hábil cortina de humo para enmascarar, las maniobras fraudulentas, que inevitablemente llevarían y llevaron a depositar el trono español en manos del Emperador, mientras sus tropas invadían y ocupaban militarmente la península. Ni Godoy ni la reina de Etruria recibieron nada de lo prometido. Con el pretexto de prevenir un ataque inglés, el 22 de noviembre de ese año, hizo entrar en España el II Cuerpo de Observación en la Gironda, compuesto de 25.000 hombres a órdenes del General Dupont; treinta mil efectivos más con el mariscal Moncey, a la cabeza atravesaron los Pirineos e invadieron las provincias vascongadas el 8 de enero de 1808. Catorce mil más entraban en Cataluña a órdenes de Duhesme, dirigiéndose a Barcelona, el 10 de febrero de 1808. El 16 del mismo mes, Napoleón quitándose definitivamente la careta de amistad, ordena ocupar la plaza de Pamplona y el 8 de marzo la de Figueras. De inmediato otro Cuerpo de Ejército francés, bajo el comando de Bessieres, cruzaba el Bidasoa.

Sostienen muchos historiadores que la llegada inusitada e inconsulta de esas tropas no sorprendió a mucha gente, creyendo obedecían al llamado del príncipe heredero; Godoy y sus partidarios creyeron, a su vez, que era lo previsto y urdido por ellos, para secundar sus planes. Las tropas francesas sobrepasaban ya los cien mil hombres. El emperador, ni lerdo ni perezoso, designa como su representante al mariscal Joaquín Murat, gran duque de Berg –su cuñado-, quien arriba a Burgos el 13 de mayo de 1808. La incertidumbre se transforma primero en alarma y luego, de inmediato, en indignación y en pánico.

Se especula -y Godoy lo decide-, que los reyes se instalen en sus posesiones de América, a semejanza de la Corte lusitana, a lo que se opone tenazmente Fernando. Napoleón insiste en su propósito de adueñarse de Portugal y de las provincias septentrionales de España, en virtud de lo cual las fronteras con los galos, ya no serían los Pirineos, sino el Ebro.

Mientras tanto, Carlos IV piensa ingenuamente en partir para América el 16 de marzo por la mañana, sin saber que los Guardias de Corps

-partidarios de Fernando- se lo impedirían. Ante la frustración, tiene el impudor de publicar un manifiesto dirigido al pueblo, desmintiendo el viaje y ensalzando la amistad con los franceses.

El 17 por la noche estalla en Aranjuez, como ya hemos señalado, el conocido motín, encabezado por los partidarios de Fernando. El populacho enardecido quiso hacerse justicia por sus propias manos y asalta el alojamiento de Godoy quien, presa de pánico, apenas tiene tiempo para ocultarse. Para calmar los ánimos, el débil rey lo destituye, pero el día 19 renace la efervescencia y la multitud golpea rudamente a Godoy, salvando milagrosamente la existencia. Carlos IV, dominado por el miedo abdica en favor de su hijo.

Murat, que en el fondo de su corazón, aspiraba a ocupar el trono de los Borbones, no reconoce al nuevo Rey, que en forma desvergonzada, procuraba el apoyo de Napoleón, ordenando impúdicamente fueran bien recibidas las tropas de “su amigo”.

Por imposición de Murat, Carlos IV revoca la abdicación que acababa de hacer y así se lo comunica a Napoleón. Para completar la tragi-comedia, la tristemente célebre María Luisa implora a Murat por su favorito Godoy, expresándose en forma inicua e increíble, contra su propio hijo, Fernando VII.

Para consolidar el plan de dominación que había preparado, Bonaparte no anduvo con ambages ni eufemismo alguno, manifestándoles, como el dueño de la verdad y de la fuerza, que:

Encargado por la Providencia de crear un gran Imperio, para abatir a Inglaterra y habiendo demostrado los hechos que no podía contar con seguridad con España mientras gobernara la familia Borbón, había tomado la resolución de no dar la corona, ni al padre ni al hijo, sino a un miembro de su  propia familia.

Surge así el famoso rey apodado “Pepe Botella”, José I, hermano del Emperador. Fue indudablemente la gota que desbordó el vaso. La multitud se encrespó y el odio a los franceses sacudió toda España, especialmente en Madrid. El pueblo en todos sus sectores y estamentos -excepto, naturalmente los eternos traidores, logreros y oportunistas-, se aprestaron a defender con uñas y dientes la independencia y la libertad conculcadas.  Sólo faltaba una chispa para encender la hoguera y el incendio estalló el 2 de mayo de 1808 en Madrid.

Entre los momentos estelares de España, que fueron muchos, esa fecha reivindica los blasones y las glorias de otras épocas. Y como que honra a la hispanidad toda, a nosotros, aquí en América, nos llega de muy cerca, como que en esa vorágine colosal, que fue la Guerra de la Independencia Española, están ínsitos los verdaderos principios de la justicia, de libertad e independencia, que guiaron a estos pueblos cuando la mayoría de edad fue llegada, y cuando las reglas de juego fueron tergiversadas y violadas. No es casual que nuestros grandes capitanes se formaran y dieran su sangre en esa lucha gigantesca… Militares, ideólogos, juristas, y teólogos abrevaron en esas fuentes y fueron los campeones y adalides de un nuevo mundo, que, de la confrontación formidable de ambas razas, nació como todo alumbramiento, en medio del dolor y de la sangre, no como enemigos, sino como adversarios que se apreciaron en su justa dimensión.  Y viene a cuento aquellas hermosas reflexiones del General D. José de San Martín, nuestro Libertador en ciernes, al virrey La Serna en su conferencia en Punchauca en Perú:

General: he venido desde las márgenes del Plata no a derramar sangre sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma metrópoli ha hecho alarde, al proclamar la Constitución del año 12 que VE y sus generales defendieron. Los liberales del mundo son hermanos en todas partes.

Este habilísimo introito caracterizaba la guerra no entre España y América, sino entre dos sistemas antagónicos -absolutismo y liberalismo-, este último caro a todos los presentes. Para agregar enseguida:

La independencia no es inconciliable con los intereses de España y que, de no arribarse a un acuerdo, sus ejércitos se batirán con la bravura tradicional de su brillante historia militar, pero aún cuando pudiera prolongarse la contienda, el éxito no puede ser dudoso para millones de hombres, resueltos a ser independientes.

Faltó alguien que susurrara a los oídos de Napoleón reflexiones tan certeras y generosas como las de San Martín, en la emergencia; pero nadie se atrevió a hacerlo o nadie creyó entonces en el poder omnipotente de los pueblos.

Ese día 2 de mayo el pueblo de Madrid se agolpó frente al Palacio Real, porque sabía que los infantes, que aún permanecían en Palacio, serían llevados a Francia con sus progenitores. Por la mañana, sólo faltaba partir el infante Francisco de Paula, hijo menor de los reyes, de 12 años de edad. Se dice que alguien gritó:

¡Han llevado al rey! ¡Ahora quieren llevarse a las otras personas reales! ¡Traición! ¡Mueran los franceses!

En ese momento, se dice que desde uno de los balcones exclamó un noble a grandes voces:

¡Se llevan al infantito! ¡A las armas!

Fue la chispa esperada que incendió la rebelión. Murat, fuera de sí, ordenó la represión hasta las últimas consecuencias. El Batallón de Granaderos de la Guardia, sin aviso ni advertencia previa, descargó alevosamente sus armas contra la multitud indefensa, y desarmada, lo que por reacción natural produjo el estallido formidable. El pueblo de Madrid, en masa, se sublevó instantáneamente, electrizado contra la infamia luchando a muerte contra los invasores. La Puerta del Sol, La Puerta de la Cebada, el Parque de Montelón y el Rastro, fueron testigos mudos y asombrados de tanto ardor y tanto heroísmo, inusual en los pacíficos ciudadanos. Dos militares españoles, los capitanes de artillería D. Luis Daoiz y D. Pedro Velarde, murieron gloriosamente a título personal conduciendo al pueblo, que luchó sólo, ya que el ejército, atento a las órdenes recibidas, no se movió de sus cuarteles. Mujeres y niños dejaron también el testimonio de su impronta en la Puerta de Toledo, defendida valientemente por las mujeres del barrio de la Paloma.

El inmortal Goya, a través de sus pinceles, nos dejó el testimonio sombrío y elocuente de los bárbaros fusilamientos del 3 de mayo, que continuarían sin forma de proceso alguno, el 4 y el 5, especialmente en la Moncloa.

Se inicia así el heroico levantamiento general de España contra Bonaparte, que se conoce en la historia como Guerra de la Independencia.

Posteriormente, tendría lugar la batalla de Baylén (18 y 22 de julio de 1808) en la que San Martín gana por méritos de guerra su ascenso a Teniente Coronel y se asiste a la firma de capitulación en Andújar entre los generales Francisco Javier Castaños y el Conde de Tilley (españoles) y los generales Mariscot y Chubert (franceses), en la que se estipuló que todas las tropas del General Dupont quedaban prisioneras de guerra (unos 19.000 hombres). Con visible emoción y voz turbada, dijo el mariscal Dupont: “General os entrego esta espada con que he vencido en cien batallas”, a lo que respondió el General Castaños, vencedor en la memorable hazaña, devolviéndole el arma gloriosa: “Consérvela usted, pues para mí ésta es la primer victoria”.

Es oportuno destacar que Manuel Belgrano había estado en España hasta comienzos de 1794, cuando viajó a Buenos Aires para hacerse cargo del puesto de Secretario Perpetuo del Real Consulado de Buenos Aires, y fue influenciado por la Ilustración española y por los ideales de la Revolución Francesa. En el caso de José de San Martín -nuestro futuro Libertador- fue protagonista de los sucesos que estamos narrando, los que servirían para prepararlo para su papel en la Independencia americana. Había luchado en la llanura, en la montaña y en el mar, cubriéndose de gloria en cien combates. En la bizarra actuación de Arjonílla ha puesto en fuga, ha acuchillado y apresado a los vencedores de Austerlitz y ha estado a punto de perecer en el combate, lo que hubiera ocurrido sin la ayuda providencial de un soldado, Cazador de Olivenza, llamado Juan de Dios, que le salvó la vida.

Es bueno recordar que: San Martín jamás abominó de España. Cuando después de servirla lealmente durante veintidós años en los más diversos campos de la guerra, resolvió su regreso a la “tierra de su nacimiento”, lo hizo de acuerdo a los reglamentos militares, pidiendo su retiro del ejército real, como correspondía. Su ambición era salvar en América la libertad que se perdía en la península, y como buen liberal político, su lema era siempre: “Mi causa es la causa de América”; “Mi causa es la causa del género humano”.

Ese era el motor que agitaba hondamente los ideales de nuestros próceres de Mayo, que sacrificaron fama, vida y haciendas para dotarnos de una patria libre y soberana, con Belgrano, Pueyrredón, Monteagudo, etc. etc. a la cabeza de esos idealistas y patriotas con mayúscula.

Extractado de la conferencia “La guerra de la Independencia Española y la gesta del 2 de mayo en Madrid”, dictada por el Dr. Aníbal Jorge Luzuriaga en el Instituto Nacional Sanmartiniano el 19 de julio de 2006.
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