Revolución de Mayo

Bicentenario

La impronta de Belgrano signa el Bicentenario de la Patria

En los prolegómenos de conmemorarse el bicentenario de La Revolución de Mayo del año de 1810, el hecho cumbre de nuestra historia que compendia las ansias de libertad de muchas generaciones y funde en su crisol la realidad política, económica y social que le circunda, el Instituto Nacional Belgraniano se congratula en ofrecer una sucinta pero ajustada perspectiva histórica de aquella gesta de la que fue arquetipo yhacedor el General Don Manuel Belgrano.

Desde el comienzo mismo del proceso revolucionario rioplatense se procuró evocar perdurablemente los hechos de Mayo. De forma tal que, para mediados de 1811, cuando recién había pasado un año de la instalación de la Junta Gubernativa, el Cabildo dispuso que se erigiera en la Plaza de la Victoria una Pirámide conmemorativa de tales sucesos. Dos años más tarde, mediante una ley (sancionada con fecha del 5 de mayo de 1813), la Soberana Asamblea General Constituyente declaró al 25 de Mayo día de fiesta cívica. Se ordenaba celebrar las denominadas Fiestas Mayas en el territorio de las Provincias Unidas, en virtud de ser un deber de los hombres libres inmortalizar y recordar al pueblo venidero el día del nacimiento de la patria.

Es sabido como, con esa misma inmediatez, se asocian indiscutiblemente la gesta de Mayo de 1810 y la figura egregia deManuel Belgrano. Domingo Faustino Sarmiento escribió sobre él: “Sus virtudes  fueron la resignación y la esperanza, la honradez del propósito y el trabajo desinteresado. Su nombre se liga a las más grandes fases de nuestra independencia, y por más de un camino si queremos volver hacia el pasado, la figura de Belgrano ha de salirnos al paso” [i].

Vale decir, con Mitre, respecto a San Martín y Belgrano: “nadie ignora que son los verdaderos Padres de la Patria”; el primero, como brazo armado de la Revolución y el segundo, como brazo armado también e ideólogo y precursor de Mayo.

[ii]La gran labor de estadista que Belgrano realiza desde su oficina como Secretario del Consulado; su excelencia en la administración pública y su plan en consonancia, dejan traslucir sus intenciones de propiciar un cambio estructural para las provincias del Río de la Plata. Dedicado, ya en su tarea consular, al conocimiento de la realidad americana y consciente de la necesidad del conocimiento mutuo de las distintas regiones que integran el Virreinato para facilitar su fuerte integración, contribuye, con sus notas, desde el Telégrafo Mercantil primero y desde el Correo de Comercio a partir de 1810[iii]a la comprensión del todoaunque la unión efectiva del territorio esté más en sus deseos que en los hechos. Cuando quiere mencionar a las partes integrantes del Virreinato emplea la expresión: “provincias argentinas”, reconociendo la unidad del Virreinato pese a la diversidad que lo conforma, y a la ausencia de cohesión interna.”Mientras que para la Corona el conocimiento del Imperio y sus potencialidades fue puesto al servicio de la sumisión y del reforzamiento del pacto colonial, para los americanos significaba un entusiasmo cada vez mayor por la autonomía y el reconocimiento de las posibilidades diferenciadas de cada región y cada país del continente. Este es el conflicto básico que revela la trayectoria cultural e ideológica de una institución prerrevolucionaria como el Consulado […] Todos estos intentos de reunir, sistematizar y difundir conocimientos útiles al desarrollo autóctono, en definitiva, chocaban fuertemente con la política colonial metropolitana. Las críticas de Belgrano se fueron haciendo cada vez más tajantes y objetivas […], fue intuyendo algunos de los problemas clave del desarrollo económico argentino y generó la radicalización ideológica que sumaría voluntades a la hora el golpe de gracia al sistema colonial” [iv].

Sin embargo dicha acción pionera y responsable no nos presenta todavía con plenitud a Belgrano en su auténtica dimensión revolucionaria. En sus escritos y proclamas aparece la palabra ‘revolución’ pero no se jacta de ella. La ejecuta, callada y firmemente, como corresponde a su talla moral y a su cabal vocación ciudadana. A poco irá convirtiéndose en el mediador y movilizador del proceso revolucionario, que en su estallido lo encontró a él: “habiendo salido por algunos días al campo, en el mes de mayo” [v].

Es entonces cuando, dice: “me mandaron llamar mis amigos a Buenos Aires, diciéndome que era llegado el caso de trabajar por la patria para adquirir la libertad e independencia deseada; volé a presentarme y hacer cuanto estuviera a mis alcances: había llegado la noticia de la entrada de los franceses en Andalucía y la disolución de la Junta Central;éste era el caso que se había ofrecido a cooperar a nuestras miras el comandante Saavedra. Muchas y vivas fueron entonces nuestras diligencias para reunir los ánimos y proceder a quitar a las autoridades, que no sólo habían caducado con los sucesos de Bayona, sino que ahora caducaban, puesto que aún nuestro reconocimiento a la Junta Central cesaba con su disolución, reconocimiento el más inicuo y que había empezado con la venida del malvado Goyeneche, enviado por la indecente y ridícula Junta de Sevilla. No es mucho, pues, no hubiese un español que no creyese ser señor de América, y los americanos los miraban entonces con poco menos estupor que los indios en los principios de sus horrorosas carnicerías, tituladas conquistas”[vi].

Para comprender el contexto en el que se ve inmerso Belgrano vale reseñar los sucesos de entonces:
A posteriori de la derrota del ejército español en las Navas de Tolosa el 20 de enero de 1810, Andalucía cayó en manos de Napoleón, y su hermano José ingresó en Sevilla el 1º de febrero de 1810. La casa real por completo se hallaba prisionera en Francia. Con la salvedad de Cádiz y la isla de León, defendidas por el duque de Albuquerque con apoyo británico, todo el territorio español quedaba bajo dominio francés. La Junta Suprema se autodisolvió, presionada por el general Wellesley y el embajador británico Frere, aunque en arreglo con la Junta de Cádiz instauró el Consejo de Regencia, que inútilmente pretendió gobernar España y sus colonias en nombre del rey Fernando VII.

El 13 de mayo de 1810 las noticias de la caída de Andalucía llegaron a Buenos Aires a bordo de la “Mistletoe”, y a Montevideo a bordo de embarcaciones británicas: los franceses ocupaban Andalucía y se había disuelto la junta de Sevilla, el cuerpo de gobierno que había nombrado al virrey, y último bastión de la resistencia española contra Francia. Cisneros expresó públicamente su pesimismo sobre el porvenir de España y su decisión de luchar por la independencia de América, solicitando unión y calma a la población. Aunque nos pese Napoleón Bonaparte provocó la fractura y el cambio, ya que sembró el terreno para que en el Río de la Plata la Revolución de Mayo definiera los destinos de los pueblos. Los distintos grupos políticos intensificaron las reuniones secretas; los patriotas se reunían en lo de Vieytes y en lo de Nicolás Rodríguez Peña, según dice el propio Cornelio Saavedra, casa en la que había “una gran reunión de americanos que clamaba por que se removiese del mando al virrey, y se crease un nuevo gobierno americano”[vii].

La acción revolucionaria era inminente: la resistencia española acabaría de un momento a otro, en poco tiempo España estaría plenamente dominada por Napoleón y América pasaría a ser colonia francesa. La coyuntura crítica parecía exigir separarse de la anarquía española, deponer a Cisneros y formar un gobierno propio.

Ante la noticia de la disolución de la Junta Suprema, que en teoría había intentado representar hasta allí la soberanía española, el 20 de mayo el Cabildo, los jefes militares y los vecinos principales decidieron tomar medidas para la defensa contra Francia. Surgió pues la idea de un Cabildo Abierto, a la manera de un Congreso General de vecindario, que votara la deposición de Cisneros y el plan a seguir.

Saavedra y Belgrano, representando a los militares y a los intelectuales patriotas, fueron al Cabildo y expusieron sus pedidos a los alcaldes Leiva y Juan José Lezica. Cisneros se negó a aceptar el Cabildo Abierto. Propuso en cambio convocar a todas las provincias del Virreinato pues confiaba casi ciegamente que el interior, más conservador y en eterna rivalidad con Buenos Aires, lo sostendría a él contra los porteños. La urgencia dictaba controlar la incipiente revuelta popular. Reunió a los jefes militares a fin de resolver esta crisis que desafiaba su autoridad como virrey; obvio decir que Cisneros necesitaba apoyarse en la fuerza militar. A las ocho de la noche del mismo día 20 convocó a los comandantes de la ciudad, que se negaron a brindarle soporte alguno. El comandante Saavedra le respondió que, frente a la situación española, estas provincias reasumirían sus derechos de autogobierno, y que el virrey carecía ahora de autoridad: “¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído acaso en Cádiz y la isla de León, que son parte de Andalucía? No, señor: no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses. Hemos resuelto reasumir nuestros derechos, y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe, de consiguiente tampoco V.E. la tiene ya; así pues, no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella”[viii].

Al no poder contar con respaldo militar, Cisneros se dio por vencido, resignándose a aceptar la atribución de elegir la forma de gobierno que los vecinos exigían para sí. Confiaba, sin embargo, en que el Cabildo buscaría mantener al virrey en la jefatura del gobierno, con el apoyo de algunos patriotas que pensaban factible alcanzar la independencia con su figura. Mientras tanto, los militares patriotas resolvieron el acuartelamiento de los batallones porteños, listos para salir a la calle.
Al día siguiente, una multitud cubrió la plaza mayor al grito de “Abajo el Virrey”, conducida por French y Beruti reclamó Cabildo Abierto, exigiendo la representación del pueblo en las decisiones. A su vez repartían unas cintas blancas que la gente ataba a los sombreros para identificarse.

Desde allí en adelante, en todos los documentos aparecería el “pueblo” apoyando la revolución. El Cabildo[ix] solicitó a Cisneros permiso para convocar al pueblo a un “congreso público”[x], y éste dio autorización para un Cabildo Abierto limitado a los vecinos principales, creyéndolo el procedimiento más cierto de asegurar el orden. Era el último recurso del virrey para conservar su autoridad, teniendo fe en el apoyo de los vecinos peninsulares. A estas alturas todos, incluido el virrey, coincidían en el principio de que la soberanía residía en el pueblo y que debía aceptarse el deseo de la mayoría. Saavedra sería el responsable del orden público.
Según Belgrano, la instalación del gobierno independiente americano se hizo dentro de los cauces institucionales consagrados por el Derecho Indiano, pues para convocar el cabildo abierto no se actuó por sorpresa, ni con violencia, ni siquiera empleando métodos subrepticios, sino con previa autorización del Virrey, y con intervención directa del Cabildo de Buenos Aires a través de su presidente (Lezica), y del síndico procurador general (Leiva).

Se hicieron 450 invitaciones para los vecinos más destacados, convocándolos a Cabildo Abierto, o congreso general, para el día siguiente martes 22 de mayo de 1810. El 22 se reunieron más de doscientos ciudadanos en el Cabildo[xi]. El regimiento Patricios controlaba las participaciones al Cabildo Abierto que mostraban los vecinos. French y Beruti estaban con un centenar de jóvenes del comercio, todos armados; a quienes les decían “La Legión Infernal”[xii].

La consigna a discutir y votar era resumidamente “Si Cisneros, debía cesar o continuar en el mando de estas provincias en las circunstancias de hallarse solamente libre del yugo francés, Cádiz y la isla de León, y si se debía erigir una Junta de Gobierno que reasumiera el mando supremo de ellas”.

El obispo de Buenos Aires, Benito Lué, expresó la tesis del bando peninsular de que no debía producirse cambio alguno, pues mientras existieran autoridades españolas, cualesquiera que fueran ellas, éstas debían gobernar las colonias americanas. Dicha tesis fue rebatida por el abogado criollo Juan J. Castelli, quien se basó en el hecho jurídico de que América no dependía de España sino del monarca. Belgrano, como su primo, tenía la certeza de que América no sólo no dependía sino que ni siquiera tenía vínculo constitucional alguno con España. Su histórico lazo de unión era solamente, desde el punto de vista político, con la corona de Castilla, a la que estaba incorporada desde 1492 y, por consiguiente, el de Indias era un reino que no se encontraba sometido a ninguno de los otros reinos de la península española[xiii].

Castelli estimaba con toda lógica pues, que ante la ausencia del monarca y  la ocupación de España por los franceses, sólo cabría reasumir la soberanía popular y nombrar un gobierno representativo. El fiscal de la Audiencia, el respetado jurista Manuel Genaro de Villota, dijo aceptar la tesis de Castelli, pero sostuvo que la soberanía popular no podía ser ejercida por una sola provincia o municipio, y antes de tomar decisiones se debía consultar con las demás jurisdicciones del virreinato. A la postura de Villota respondió Juan José Paso, el abogado patriota de mayor prestigio, arguyendo que Buenos Aires era la “hermana mayor” de las provincias, y que ante la urgencia debía asumir la gestión de sus negocios, sin perjuicio de consultar con el resto a posteriori. La Asamblea aclamó el discurso de Paso, que se convirtió en el héroe de la jornada. Hubo consenso en la ilegitimidad de los títulos del virrey. Muchos peninsulares, incluido el general Pascual Ruiz Huidobro y los conservadores canónigos, votaron por la cesación del virrey y la elección de un nuevo gobierno.

Cornelio Saavedra se expresó en los siguientes términos: “debe subrogarse el mando superior que obtenía el excelentísimo señor virrey en el excelentísimo Cabildo de esta capital, ínterin se forma la corporación, o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando”[xiv].

En la reunión el voto de Belgrano concordó con el de Saavedra, de quien luego dirá Manuel: “No puedo pasar en silencio las lisonjeras esperanzas que me había hecho concebir el pulso con que se manejó nuestra revolución, en que es preciso, hablando verdad, hacer justicia a don Cornelio Saavedra”[xv].

Se entiende pues, en esa línea de pensamiento, que Belgrano tuviera estima del: “Congreso celebrado en nuestro estado para discernir nuestra situación, y tomar un partido en aquellas circunstancias, debe servir eternamente de modelo a cuantos se celebren en todo el mundo. Allí presidió el orden; una porción de hombres estaban preparados para a la señal de un pañuelo blanco, atacar a los que quisieran violentarnos; otros muchos vinieron a ofrecérseme, acaso de los más acérrimos contrarios, después, por intereses particulares; pero nada fue preciso, porque todo caminó con la mayor circunspección y decoro. ¡Ah, y qué buenos augurios!”[xvi].

El 23 de mayo el Cabildo se reunió para terminar el escrutinio. La Asamblea había resuelto claramente que “en la imposibilidad de conciliar la tranquili­dad pública con la permanencia del Sr. Virrey en el mando y régimen establecido” la autoridad recayera provisionalmente en el Cabildo, quien designaría una Junta “en la manera que estime conveniente”[xvii].

Esta Junta ejercería el gobierno hasta que se reunieran los diputados de todas las provincias para establecer una forma de gobierno más permanente. Consecuente con estas facultades, el 24 de mayo el Cabildo[xviii] designó una Junta de Gobierno provisional cuyo presidente era el ex virrey Cisneros y los vocales el comandante Cornelio Saavedra, el doctor Juan José Castelli[xix], el presbítero Juan Nepomuceno Solá y el comerciante José Santos Incháurregui. La Junta debía obrar para preservar la integridad de esta parte de los dominios de América para Fernando VII y sus legítimos sucesores, y debía observar escrupulosamente las leyes del reino[xx].

Esta solución pseudoconservadora que mantenía a Cisneros al frente del gobierno trataba, entre otros fines, de evitar la oposición del interior a las resoluciones de Buenos Aires. Los militares aprobaron la decisión del Cabildo, los peninsulares se felicitaron de ver al virrey a cargo del gobierno aunque bajo un título diferente, y el mismo día 24 se celebró la jura del nuevo gobierno. Aunque en los círculos revolucionarios, que detestaban a Cisneros desde su represión de la rebelión patriota en el Alto Perú, cundió la protesta, que alcanzó fugazmente a los cuarteles.

Por temor a la inminencia de un levantamiento, el Cabildo consideró la necesidad de separar al virrey. En un instante de ardor patriótico, en la casa de Nicolás Rodríguez Peña, Belgrano juraba a fe de caballero, ante la Patria y sus compañeros, que si no era derrocado el Virrey a las tres del día siguiente, él lo derribaría. Hacia el anochecer, los oficiales del cuerpo de Patricios entraron en permanente deliberación, y no resultó sencillo aquietar los ánimos para postergar la decisión hasta el venidero 25[xxi].

La misma Junta Provisional, alarmada por la situación, se dirigió al Cabildo para solicitar su reemplazo. El Cabildo se reunió a la mañana siguiente para considerar esta petición. En un principio trató de rechazar la renuncia y sostener a la Junta designada el día anterior. Por lo pronto, ya French y Beruti agitaban a la gente, adelantándose en la proposición de los nombres de los integrantes de una nueva junta: presidente y comandante de armas Cornelio Saavedra; vocales Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu y Juan Larrea; y secretarios Juan José Paso y Mariano Moreno. El Cabildo ante tanta presión aceptó finalmente la renuncia de Cisneros y sus vocales, y proclamó como nueva Junta de Gobierno la mencionada en el petitorio popular[xxii].

Si se piensa abiertamente se imitaba el procedimiento adoptado por las Juntas erigidas en las provincias españolas para defender la independencia nacional, con la diferencia de que los patriotas porteños se rebelaban contra el Supremo Consejo de Regencia. Se reconocía que el origen de la soberanía residía en el pueblo, y la Junta gobernaría en nombre de Fernando VII, reclamando obediencia de las Intendencias y autoridades del antiguo virreinato, y exigiéndoles el juramento de lealtad y la fidelidad debida al mo­narca castellano. Por ende, “el que los americanos tomaran en sus propias manos su destino nacional en forma provisoria por medio de una Junta de Gobierno […], y simultáneamente, proclamaran su fideli­dad a Fernando VII y sus sucesores legítimos, era un hecho perfecta­mente coherente, tal como lo había sido en la Península”[xxiii].

Dice Francisco Eduardo Trusso que: “consecuencia jurídica, lógica y natural, de la teoría del pacto cele­brado con la Corona es el juramento e invocación a Fernando, unifor­memente reiterado por todos los gobiernos que se instalan en América en carácter de representantes y conservadores de la real soberanía […] Todas estas invocaciones de fidelidad a Fernando, repetidas al unísono por los gobiernos revolucionarios, echaban raíces en un terreno más hondo y vital que el de los razonamientos jurídicos. Correspondían a una constante social […] que desde los días iniciales de la Conquista y hasta las vísperas revolucionarias empujó a los criollos a una porfiada veneración al monarca”[xxiv].

Ahora bien, en el plano de esa fundamental disidencia jurídico-política, la argumentación de la Metrópoli, en voz de las autoridades españolas, proclamaba la soberanía del rey como órgano y representante de la nación española, por ende, si el monarca se ausentaba, América y los americanos debían prestar sumisión al gobierno que se diese aquella nación española, una sola en uno y otro hemisferio.

Por su parte la actitud revolucionaria de los americanos está justificada, de acuerdo a lo entendido por Belgrano, por aquel remanido pero valido argumento del pacto de unión con la Corona de Castilla, puesto que: “los pueblos de la Península europea no tienen contrato, o derecho alguno sobre los de América, ni hay una fundación o ley que indique lo contrario. El monarca, pues, es el único con quien han contratado los establecimientos de América, de él es de quien únicamente dependen, y él solo los une a la España”[xxv].

Ello no era suficiente para contrarrestar la argumentación de la Regencia como legítima representante de Fernando VII ejerciendo la autoridad del mismo monarca. También en este caso se apelará a los principios jurídico-políticos de unión de la monarquía castellana con América, cuya personalidad política otorgábale plena autonomía continental frente a la Península española. Belgrano sostenía que la: “celebrada Ley Primera, título primero, libro tercero de Indias, que contra su manifiesto contexto y testimonio uniforme de la historia han querido y pretenden que sea un vínculo de dependencia de las Américas a la España inalterable aún por el mismo soberano, es, cabalmente, el documento más auténtico de la facultad de las Provincias del Río de la Plata para reclamar su independencia de la España, y de la legitimidad con que puede a Vuestra Majestad concedérsela. La citada ley es el contrato que por la primera vez celebró en Barcelona a 14 de septiembre de 1519 el Emperador Carlos V a favor de los conquistadores y pobladores de las Américas, no sólo jurándoles no enajenarlos o separarlos de la Corona de Castilla, sino facultándoles hiciese lo contrario: y esto precisamente en consideración a sus dispendios y trabajos. Es indudable que esta ley sólo es obligatoria al Monarca, y que ninguna relación tiene con la España”[xxvi].

La tesis esbozada por Manuel Belgrano se ufanaba por dejar en claro “que el reino de Indias estaba exclusivamente incorporado a la corona de Castilla, integrando simplemente, con los demás reinos de la península española, la monar­quía de los Borbones, y en consecuencia, resultaba legítimo sostener que los criollos eran, en todo, iguales a los españoles peninsulares[xxvii].

Teniendo en cuenta la situación jurídico-política de las provincias que integraron el Virreinato del Río de la Plata, y en virtud de la recién citada concepción histórica tradicional era aceptable el siguiente razonamiento: Quedando vacante el trono por la abdicación o imposibilidad de su legítimo depositario nada obliga a los reinos de América a prestar obediencia y sometimiento a las autoridades de los gobiernos peninsulares elegidos durante la acefalía. Según esgrime la Junta de Buenos Aires “Si el rey hubiese nombrado la regencia no habría cuestión sujeta al reconocimiento de los pueblos; pero como la de Cádiz no puede derivar sus poderes sino de los pueblos mismos, justo es que éstos se convenzan de los títulos con que los han reasumido”. Inclusive se extiende la argumentación en el hipotético caso de que primara la tesis de la Regencia como legítima representante del rey en España: ella no gozaría de autoridad sobre América porque si bien el mismo virrey del Río de la Plata era representante del rey no estaba legítimamente autorizado a gobernar en Lima.

En definitiva, aquellas álgidas Jornadas de Mayo de 1810, están dotadas, desde la perspectiva belgraniana de un propósito y significado dual. Por un lado la manifestación de lealtad al soberano y a la Corona de Castilla usurpada por el hermano de Napoleón; y por otro lado, el deseo de independencia respecto de la metrópoli española, juntamente con el desconocimiento del Consejo de Regencia por su dudosa legitimidad más las intenciones de sujetar al coloniaje a los reinos de América.

A pesar de que el mismo Belgrano se descalifica como jurista no hay que dar demasiado crédito a sus palabras debido a su excesiva modestia, ya que los hechos de la Revolución de Mayo nos muestran no sólo a un revolucionario sino también a un especialista en leyes.

Belgrano seguía relatando los sucesos de Mayo y sus inmediatas derivaciones que lo vieron partícipe, según su habitual proverbialidad: “Se vencieron al fin todas las dificultades, que más presentaba el estado de mis paisanos que otra cosa, y aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto, apareció una junta, de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por dónde, en que no tuve poco sentimiento. Era preciso corresponder a la confianza del pueblo, y todo me contraje al desempeño de esta obligación, asegurando, como aseguro, a la faz del universo, que todas mis ideas cambiaron, y ni una sola concedía a un objeto particular, por más que me interesase: el bien público estaba a todos instantes a mi vista”[xxviii].

De este último aserto figuran para testimoniarlo sus actividades periodísticas y sus informes y memorias del Consulado; así como pronto también su accionar militar y diplomático.

Sus esperanzas seguían firmes en el desenvolvimiento del proceso revolucionario pues confiaba, como es su costumbre, en la Suprema Divinidad que todo lo guía: “Casi se hace increíble nuestro estado actual. Mas si se recuerda el deplorable estado de nuestra educación, veo que todo es una consecuencia precisa de ella, y sólo me consuela el convencimiento en que estoy, de que siendo nuestra revolución obra de Dios, él es quien la ha de llevar hasta su fin, manifestándonos que toda nuestra gratitud la debemos convertir a S. D. M. y de ningún modo a hombre alguno. Seguía pues, en la junta provisoria, y lleno de complacencia al ver y observar la unión que había entre todos los que la componíamos, la constancia en el desempeño de nuestras obligaciones, y el respeto y consideración que se merecía del pueblo de Buenos Aires y de los extranjeros residentes allí: todas las diferencias de opiniones se concluían amistosamente y quedaba sepultada cualquiera discordia entre todos”[xxix]“.

Sostiene Mariluz Urquijo que puesto que a Belgrano “le sobran energía y lucidez no cree en diálogos imposibles ni admite pluralismos que debiliten la Revolución […]En ese inflamado clima revolucionario, en el que muchos, sacudidos por oleadas de entusiasmo, pretenden acelerar las transformaciones haciendo tabla rasa de la situación de la víspera para edificarlo todo de nuevo, Belgrano da siempre una lección de equilibrio y de reflexión pues si busca el cambio también le importa, y mucho, el orden. Ya antes de Mayo teme que Cisneros pueda llegar a plantificar entre nosotros “el desorden que reina en la Península”  y toda su actuación posrevolucionaria está dirigida por el anhelo de conseguir una estabilidad que permita gobernar y renovar el país” [xxx].

Consiguientemente, las alternativas políticas que se viven a partir de Mayo de 1810, hacen que Belgrano actúe como militar, para defender a la Patria Naciente. A pesar de ser abogado y de haberse desempeñado de manera brillante como Secretario del Consulado y aunque no poseía formación castrense, se esmeró tanto en el mando de las tropas que mereció los elogios de San Martín, quien dijo “Es lo mejor que tenemos en la América del Sur”[xxxi], y Mitre expresa que estaba dispuesto a ser “el héroe o el mártir de la Revolución, según se lo ordenase la ley inflexible del deber”[xxxii].

Belgrano se desempeñó dignamente en la Expedición al Paraguay, en donde obtuvo un triunfo diplomático al llevar el espíritu revolucionario al Paraguay.

Su legajo militar se enriquecería puesto que a comienzos de 1812, Belgrano se encontraba ocupado en la erección de una fortaleza fluvial en Rosario, para responder a la reacción de los realistas que atacaban desde la Banda Oriental. En esas circunstancias, con motivo de inaugurarse las baterías de Rosario, Libertad e Independencia, y careciendo de bandera para ello, dispuso la confección de una con los colores de la escarapela. La ceremonia de inauguración, al decir de los historiadores y poetas, alcanzó contornos emotivos.

En oficio al Triunvirato, Belgrano expresaba lo siguiente: “Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado; pero ya que V.E. ha determinado la escarapela nacional con que nos distinguiremos de ellos y de todas las naciones, me atrevo a decir a V.E. que también se distinguieran aquéllas, y que en estas baterías no se viesen tremolar sino las que V.E. designe. ¡Abajo, Excelentísimo Señor, esas señales exteriores que para nada nos han servido y con las que parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud!”[xxxiii].

Este documento revela el espíritu independentista de Belgrano, que en un acto verdaderamente revolucionario, creó nuestra enseña patria.

El segundo aniversario de la revolución, 25 de Mayo de 1812, encuentra a Belgrano en San Salvador de Jujuy, quien, solemnemente lo celebra. ‘[xxxiv]En el proceso de reorganización de los efectivos ve (como en Rosario) que es una oportunidad para avivar el patriotismo de los soldados y levantar o más bien recuperar el espíritu del pueblo, es preciso que el ejército posea para combatir un símbolo de la nacionalidad: la bandera. Es confeccionada en Jujuy, pues, la primera bandera del Ejército Auxiliador del Perú. La bandera celeste y blanca nueva hace otra vez su aparición ante las tropas del Ejército. Rodea a la ceremonia cívico-militar un marco tocante de esplendor que logra conmover a los asistentes. Belgrano en horas de la tarde, formando en cuadro el Ejército pequeño alrededor de la plaza y con la gente de Jujuy de testigo, levanta la bandera en sus manos y emite, a tropas y pueblo, una arenga inolvidable y emocionante: “Soldados, hijos dignos de la Patria, camaradas míos: Dos años ha que por primera vez resonó en estas regiones el eco de la libertad y él continúa propagándose hasta por las cavernas más recónditas de los Andes; pues que no es obra de los hombres, sino del Dios Omnipotente que permitió a los Americanos que se nos presentase la ocasión de entrar al goce de nuestros derechos: el 25 de Mayo será para siempre memorable en los anales de nuestra historia y vosotros tendréis un motivo más para recordarlo, cuando véis en él por primera vez, la bandera nacional en mis manos, que ya os distingue de las demás naciones del globo, sin embargo de los esfuerzos que han hecho los enemigos de la sagrada causa que defendemos, para echarnos cadenas y hacer más pesada las que cargaba. Pero esta gloria debemos sostenerla de un modo digno con la unión, la constancia y el exacto cumplimiento de nuestras obligaciones hacia Dios, hacia nuestros hermanos y hacia nosotros mismos; a fin de que la Patria se goce de abrigar en su seno hijos tan beneméritos, y pueda presentarla a la posteridad como modelos que haya de tener a la vista para conservarla libre de enemigos, y en el lleno de su felicidad”[xxxv].

Un día después de la conmemoración del segundo aniversario del 25 de Mayo, Belgrano fue designado general en Jefe del Ejército Auxiliar del Perú, en propiedad’. Bajo ese cargo obtuvo las dos grandes victorias de Tucumán y Salta, que le permitió decir a la hora de su muerte que dejaba dos hijas inmortales: Tucumán y Salta. En 1813, pues, la Asamblea Constituyente, a raíz de la victoria de Salta, dona a Belgrano la cantidad de 40.000 pesos. Este los destina a la fundación de cuatro escuelas; en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, y elabora un Reglamento, que debía regir en las mismas. Belgrano presentó a consideración del gobierno el Reglamento. Este documento, que refleja el interés de Belgrano por la educación, aún en tiempos de guerra, está fechado el 25 de mayo de 1813: un nuevo aniversario de la Gesta de Mayo. Azarosa o pensadamente, vaya a saberse, se coligaban sus ideas pioneras en instrucción y educación pública con el espíritu emancipador de Mayo

Así como en el éxito, también en la desventura que significó las acciones de Vilcapugio y Ayohuma, Belgrano escribe una carta a San Martín, desde Humahuaca, comentando: “Paisano y amigo: No siempre puede uno lo que quiere, ni con las mejores medidas se alcanza lo que se desea; he sido completamente batido en las pampas de Ayohuma cuando más creía conseguir la victoria. Pero hay constancia y fortaleza para sobrellevar los contrastes y nada me arredrará para servir, aunque sea en la clase de soldado, por la libertad e independencia de la Patria” [xxxvi].

Todavía le quedaba afrontar a Belgrano una nueva destitución después de las citadas batallas y faltábale, asimismo, una nueva reposición en el mando del Norte. Belgrano,pues, pugnará en Tucumán por mantener el espíritu inicial de la epopeya de Mayo, dando pelea a la enfermedad que ya minaba su salud y a la demagogia que iba socavando la resistencia de los pueblos por él liberados.

Es así que, en otra muestra más de su obediencia y respeto por las instituciones, Belgrano será el primero que haga jurar a su ejército del Perú fidelidad a la nueva Constitución de 1819, simbólicamente un 25 de Mayo[xxxvii].

[xxxviii]Consciente de que se acercaba el final de una vida sacrificada en pos del bien general de la Patria, máxima suprema de un verdadero estadista, procedió a redactar su testamento. Lo hacía el 25 de Mayo de 1820, precisa y exactamente diez años después de la gesta revolucionaria a la que había contribuido como el que más.

En definitiva, el 20 de junio de 1820, un trágico día, a las siete de la mañana, cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata se hallaban sumidas en la cuasianarquía y las “montoneras” asomaban a las puertas de la ciudad convulsionada, el viejo maestro de virtudes, jurista, sociólogo y soldado, bajaba a la tumba. No extraña que sus palabras finales fueran “¡Ay, patria mía!”

El General de la Independencia al servicio del Perú y de las Provincias Unidas, Juan Pardo de Zela, con sus palabras, altamente elogiosas pero ajustadas a la verdad, sirven de excelente corolario para ilustrar su carácter y labor: “él se hallaba animado de un patriotismo a toda prueba y su celo era el origen; al paso que sabía distinguir lo útil despreciaba lo inútil, esto último lo hizo tocar sinsabores bien amargos, y acaso que hubiese desaparecido de la escena prematuramente: recibe dignas cenizas, en este momento en que mi pluma te recuerda, el justo tributo que mis ojos prodigan a tus virtudes; el espíritu de facción, la negra envidia, te arrancó el sepulcro donde debías descansar al lado de la tumba de Washington, pero vives en el corazón de aquellos buenos ciudadanos que entrevieran en ti el héroe de la América del Sur; les faltaste y la anarquía los devora; vivirás sí, porque aún mi pluma vive para cantar tus glorias y tus virtudes; no eras Espartano, pero querías imitarlos, no eras Phoción en Atenas, pero eras Belgrano en Buenos Aires, cuyos hijos irán a la tumba a derramar flores y tomarte por modelo, si ya no han empezado. ¿Pero cómo han de empezar cuando la sangre de tus hijos humea diariamente en su plaza y en sus campos? Triste cuadro; otra pluma que te pinte, que la mía sólo hace recuerdos de las jornadas prósperas y adversas, que fijaron la emancipación Americana de la nación Española” [xxxix].

 

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

  1. Fuentes Documentales.
    Argentina
    Archivo General de la Nación:
    Fondos documentales Sala X. Sección Nacional.
  2. Fuentes Éditas.
    Instituto Nacional Belgraniano.
    Documentos para la historia del General Don Manuel Belgrano. Buenos Aires. Tomos I,II, III, vol. 1 y 2, y IV.
    Anales.
    Reimpresiones y publicaciones varias.
  3. Publicaciones del Instituto de Historia Argentina “Dr. Emilio Ravignani:
    U.B.A. Facultad de Historia y Letras. Mayo Documental. 14 Tomos, Buenos Aires, 1960.
    U.B.A. Facultad de Historia y Letras. Documentos relativos para la Historia Argentina, Buenos Aires, 1912.
  4. Congreso de la Nación.
    Biblioteca de Mayo, colección de obras y documentos para la Historia Argentina. Honorable Cámara de Diputados, Buenos Aires, 1966, 21 Tomos.
  5. Periódicos.
    Semanario de Agricultura, Industria y Comercio.
    El Correo de Comercio.
    El Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Historiográfico del Río de la Plata.

 

BIBLIOGRAFÍA

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  41. Trusso, Francisco EduardoDe la legitimidad revolucionaria a la legitimidad constitucional, Colección Ensayos, Buenos Aires, Eudeba, 1968.
  42. Trusso, Francisco EduardoEl Derecho de la Revolución en la Emancipación americana,  Buenos Aires, Emecé, 1964.
  43. Zorraquín Becú, R.; “Algo más sobre la doctrina jurídica de Mayo” enRevista del Instituto de Historia del Derecho, Buenos Aires, número 13, 1969.

[i] González, María InésVida del Creador de la Bandera; Buenos Aires, Instituto Nacional Belgraniano, 1999, pp. 41.
[ii] Para configurar la acción integradora de Belgrano como gestor de la Revolución de Mayo se han extraídos los párrafos del tercer capítulo de la obra Luzuriaga, Aníbal Jorge; Manuel Belgrano. Estadista y prócer de la Independencia hispanoamericana, Buenos Aires, Universidad de Morón, 2004, pp. 267-281.
[iii] Los temas desarrollados por Belgrano en el Correo de Comercio coinciden con los expuestos en las Memorias Consulares, guardando una apariencia conciliadora con las autoridades virreinales, para ocultar el verdadero sentido revolucionario de sus artículos. Prueba de ello es lo que elabora en vísperas de la Revolución de Mayo con el título;  “Çausas de la Destrucción o de la Conservación y engrandecimiento de las Naciones”. Aquel breve ensayo, según palabras de Belgrano; “…contentó a los de nuestro partido como a Cisneros, y cada uno aplicaba el ascua a su sardina, pues todo se atribuía a la unión y desunión de los pueblos”. Belgrano critica duramente la desunión, que ocasiona grandes males “…basta la desunión – dice en la primera plana del sábado 19 de mayo de 1810 – para originar las guerras civiles, para dar entrada al enemigo por débil que sea, para arruinar el Imperio más floreciente”. Cfr. Correo de Comercio, Sábado 19 de Mayo de 1810, número 12, tomo I, pp. 89-92.
[iv] Navarro Floria, P.Manuel Belgrano y el Consulado de Buenos Aires, Cuna de la Revolución (1790-1806), Instituto Nacional Belgraniano, Buenos Aires, 1999, pp. 154 y 164.
[v] Mitre, BartoloméHistoria de Belgrano y de la Independencia Argentina, Buenos Aires, W. M. Jackson (Edición Especial), 1953, t. XI, Apéndice documental, p. 26.
[vi] Ídem, pp. 26 a 27. Véase también Caillet Bois, Ricardo R.; “Manuel Belgrano y sus estudios económicos”, en Academia Nacional de la Historia, Ricardo Levene (comp.), Historia de la Nación Argentina, Buenos Aires, El Ateneo, 1945, tomo IV.
[vii] Fragmento de una memoria póstuma de Cornelio Saavedra en los párrafos que se relacionan con los sucesos y propósitos de la revolución del 25 de mayo de 1810 y circunstancias que precedieron”; en Instituto Nacional BelgranianoDocumentos para la …, tomo III, volúmen 1, p. 122. En dicha obra se consignan memorias y distintas fuentes documentales referidas a los sucesos de Mayo de 1810, publicados en el año 1960 con motivo del sesquicentenario.
[viii] Ver Fragmento de una memoria póstuma de Cornelio Saavedra …; en Instituto Nacional BelgranianoDocumentos para la …, tomo III, volúmen 1, p. 123.
[ix] Ver Acuerdo del Cabildo. Buenos Aires, 21 de Mayo de 1810; en Instituto Nacional Belgraniano;Documentos para la …, tomo III, volúmen 1, pp. 33 a 37.
[x] Ver “Proclama del Excelentísimo Cabildo al Vecindario de Buenos Aires en su casa consistorial para la apertura del Congreso General que se hizo el 22 del corriente. Buenos Aires, Mayo de 1810”; en Ídem, pp. 38 a 39. Cfr. González Arzac, RobertoEl Gigante de Mayo, Buenos Aires, Actualidad Gráfica, 2000, pp. 57 y subsiguientes. El autor hace referencias a los grupos conspirativos porteños. Destaca la presencia de Buenaventura Arzac, como supeditado a French, quien fuera sindicado por Mitre como “agente popular” de Manuel Belgrano, en tanto Beruti lo fue de Rodríguez Peña. French, Beruti, Orma, Arzac y Dupuy, eran “caudillos urbanos”, que conformaron la “Legión Infernal”; que la historiografía mitrista, llamó “chisperos”. Groussac señaló que “en los arrabales, chisperos y manolos, se organizaban bajo la dirección de French y Beruti, prestigiosos “agitadores sociales”.
[xi] Ver Cabildo Abierto. Buenos Aires, 22 de Mayo de 1810; en Instituto Nacional Belgraniano;Documentos para la …, tomo III, volúmen 1, pp. 40 a 65.
[xii] Ver González Arzac, RobertoEl Gigante de …, pp. 57 y subsiguientes
[xiii] Las posesiones españolas no son colonias, son reinos. Teoría del pacto con la corona de Castilla. Las cortes y los diputados americanos. Cfr. González, V. JulioFiliación histórica del Gobierno Representativo ArgentinoLibro I. La Revolución de España; Buenos Aires, La Vanguardia, 1937. Véase apéndice documental de esta obra: las circulares de las cortes españolas a los pueblos americanos. Cfr. antecedentes jurídicos sobre “legitimidad” en Argentina. La idea del Pacto con la corona de Castilla. “La soberanía del Pacto”. Aspectos del derecho histórico; en  Trusso, Francisco EduardoDe la legitimidad revolucionaria a la legitimidad constitucional, Colección Ensayos, Buenos Aires, Eudeba, 1968. Del mismo autor: El Derecho de la Revolución en la Emancipación americana,  Buenos Aires, Emecé, 1964. Asimismo ver Tanzi, H. J.El Poder Político y la Independencia Argentina, Buenos Aires, Cervantes, 1975.
[xiv] Ver Cabildo Abierto. Buenos Aires, 22 de Mayo de 1810; en Instituto Nacional Belgraniano;Documentos para la …, tomo III, volúmen 1, p. 51.  Cfr. Marfany, H. Roberto; “Vísperas de Mayo”, en Revista Historia, Buenos Aires, 1960, pp. 87-156.
[xv] Mitre, BartoloméHistoria de Belgrano y de la Independencia Argentina, Buenos Aires, W. M. Jackson (Edición Especial), t. XI, 1953, Apéndice documental, p. 27.
[xvi] Ibídem.
[xvii] Ver Acuerdo del Cabildo. Buenos Aires, 23 de Mayo de 1810; en Instituto Nacional BelgranianoDocumentos para la …, tomo III, volúmen 1, pp. 66 a 69. Cfr. Williams Álzaga, E.Dos revoluciones: 1º de Enero 1809-25 de Mayo 1810, Buenos Aires, Emecé, 1963. El Dr. Álzaga señala con precisión la conducta de Belgrano en ambos movimientos y su liderazgo ideológico frente al movimiento alzaguista.
[xviii] Marfany, H. RobertoEl Cabildo de Mayo, Buenos Aires, Macchi, 1982.
[xix] Ver Chávez, Julio CésarCastelli. El adalid de Mayo, Buenos Aires, s.ed., 1944.
[xx] Ver Acuerdo del Cabildo. Buenos Aires, 24 de Mayo de 1810; en Instituto Nacional BelgranianoDocumentos para la …, tomo III, volúmen 1, pp. 70 a 76.
[xxi] Ver Guido, Tomás; “La reseña histórica de los sucesos de Mayo” en El 25 de Mayo, Buenos Aires, Eudeba, 1968. También Levillier, Roberto; “La Revolución de Mayo juzgada por los Oídores de la Real Audiencia” en Revista de Derecho, Historia y Letras, Buenos Aires, 1912, tomo XLIII.
[xxii] Ver Petición del Pueblo elevada al Cabildo. Buenos Aires, 25 de Mayo de 1810; en Instituto Nacional BelgranianoDocumentos para la …, tomo III, volúmen 1, pp. 77 a 82. Asimismo es de suma importancia los acuerdos del Cabildo reunido en Buenos Aires el 25 de Mayo de 1810; enÍdem, pp. 83 a 94.
[xxiii] Echazú, Lezica, Mariano De; “El pensamiento político de Manuel Belgrano sobre la forma de gobierno más conveniente para la nación”; en Segundo Congreso Nacional Belgraniano, Buenos Aires, Instituto Nacional Belgraniano, 1994, p. 150 Interesan los trabajos de Levene, Ricardo;Ensayo histórico sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno; contribución al estudio de los aspectos político, jurídico y económico de la revolución de 1810, Buenos Aires, Peuser, 1960; y “El 25 de Mayo” en Historia de la Nación Argentina, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, El Ateneo, 1939, Vol. V.
[xxiv] Trusso, Francisco EduardoEl Derecho de la Revolución …, pp. 48 y 53. Del mismo autor El Pacto como bandera legal de la Emancipación americana, Buenos Aires, s.ed., s.f.
[xxv] Archivo General de la Nación, Buenos Aires, República Argentina, División Gobierno Nacional, Misión de Don Bernardino Rivadavia y Don Manuel Belgrano a Europa en 1814, 1815, 1816, 1817, 1818, 1819 y 1820. Negociación con Carlos IV con otros documentos importantes;Sala X, legajo 1-4-5, 4º subtítulo: “Trabajo de la comisión en Europa”. ‘1815. Documentos relativos a la célebre negociación con Carlos IV para que mandase a su hijo Don Francisco de Paula a establecer un reino independiente en el Río de la Plata’, folio sin nº. Memorial al  Rey por los Diputados Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia, por el que exponen brevemente los hechos y circunstancias que impulsaron la erección de un gobierno en la Capital de Buenos Aires, independiente del de Cádiz; los principios según los que fue instituido; los límites a que ha estado confinado; sus repetidos esfuerzos por la paz y conciliación, y el actual estado de aquellos pueblos.
[xxvi] A. G. N., …, División Gobierno Nacional, Misión de Don Bernardino Rivadavia …; Sala X, legajo 1-4-5, 4º subtítulo: “Trabajo de la comisión en Europa”. ‘1815 … Memorial al  Rey por los Diputados Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia, ….  También Goñi Demarchi, Carlos A. y José Nicolás ScalaLa diplomacia argentina y la Restauración de Fernando VII, Buenos Aires, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Instituto del Servicio Exterior de la Nación, 1968. Los autores hacen una crítica interesante referida a las relaciones internacionales.
[xxvii] Echazú, Lezica, Mariano De; “El pensamiento político … , p. 150. Véase Matheu, MartínDon Domingo Matheu, Buenos Aires, s.ed., 1913. El Dr.Segreti reproduce el plan de Domingo Matheu, “verdadero ideario republicano”, nacido al calor de los acontecimientos en los días de mayo de 1810. Advierte el autor que ni la ideología de la España austriaca, ni la borbónica, ni siquiera las Juntas, ni de la España josefina, ni menos de la Francia imperial, fueron sus fuentes. “Este credo terminará por imponerse en las tierras del Plata”. Cfr. Segretti, Carlos S. A.; “La Junta Grande (del 18 de Diciembre de 1810 al 12 de abril de 1811)” en Anuario del Departamento de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, 1965-1966, años II-III, número 2, pp. 615-710.
[xxviii] Mitre, BartoloméHistoria de Belgrano y …, t. XI, Apéndice documental, p. 27. Véase interesantes reflexiones sobre los sucesos revolucionarios en Caillet Bois, Ricardo R.; “La Revolución en el Virreinato del Río de la Plata”, en Academia Nacional de la Historia, Historia de la Nación Argentina, Buenos Aires, El Ateneo, 1945, T. VI, segunda sección, capítulo III.
[xxix] Mitre, BartoloméHistoria de Belgrano y … , t. XI, 1953, Apéndice documental, pp. 27 a 28.
[xxx] Mariluz Urquijo, José M.; “Belgrano Civil”en Investigaciones y Ensayos, Buenos Aires, 1970, Nro. XLIII, pp. 189.
[xxxi] Carta del Coronel Mayor José de San Martín al Diputado Dr. Tomás Godoy Cruz, fechada en Mendoza, 12 de Marzo de 1816, Museo MitreDocumentos del Archivo San Martín, Buenos Aires, Coni Hnos, 1913, tomo V, p. 533.
[xxxii] Mitre, BartoloméHistoria de Belgrano y de la Independencia Argentina, Buenos Aires, Estrada, 1971, t. I, p. 398.
[xxxiii] A.G. N.; Sala X 3-10-3, trascripto en Epistolario Belgraniano, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1970. Prólogo de Ricardo Caillet-Bois. Recopilación de María Teresa Piragino, p. 125.
[xxxiv] Cfr. Luzuriaga, Aníbal Jorge; Manuel Belgrano. Estadista y prócer de la Independencia hispanoamericana, Buenos Aires, Universidad de Morón, 2004, pp. 340-342.
[xxxv] A.G. N.; Sala X 44-8-9.
[xxxvi] Carta de Belgrano a San Martín fechada: Humahuaca, 8 de Diciembre de 1813. Museo Mitre; Documentos del Archivo San Martín, Buenos Aires, Coni Hnos, 1910, t. II, pp. 25-26.
[xxxvii] Museo MitreDocumentos del Archivo de Belgrano, parte II, Libro de Órdenes del Día del Ejército Auxiliador del Perú, Buenos Aires, Coni Hermanos, 1916 , tomo VI, pp. 523-524.
[xxxviii] Cfr. Luzuriaga, Aníbal Jorge; Manuel Belgrano. Estadista y prócer de la Independencia hispanoamericana, Buenos Aires, Universidad de Morón, 2004, pp. 423, 427 y 430.
[xxxix] Memorial del General Don Juan Pardo de Zela, español al servicio de Buenos Aires y del Perú; Archivo Nacional de Chile-Archivo Vicuña, volúmen 147., trascripto en Luzuriaga, Aníbal Jorge; “España y América: dos mundos y un destino en común” en Anales, Buenos Aires, Instituto Belgraniano Central, 1997, número 7,  pp. 126-127.

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